Por Lucas Reydó (*) 

A los pocos minutos del fallido atentado a la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, la red social Twitter encontró entre sus tendencias el término “discursos de odio”. El Ministro del Interior, Wado de Pedro, escribió en sus redes “Es un acto atroz de violencia política, a casi 40 años de democracia. Los discursos de odio y violencia tienen consecuencias”. El consenso entre el oficialismo y una parte de la ciudadanía sobre las consecuencias de la incitación a la violencia es claro. Ante otra parte de la esfera pública, la correlación entre discurso y acto se muestra todavía opaca.

Seis días atrás, durante los sucesos de represión por parte de la Policía de la Ciudad a manifestantes, numerosas figuras de la oposición instaron a la vicepresidenta a responsabilizarse de la situación de violencia vivida en Recoleta.

Mientras tanto, el diputado Ricardo López Murphy sentenciaba en sus redes: “Son ellos o nosotros”. Allí se trasciende el insulto ocasional, cuasi folclórico en el léxico rioplatense. Más bien se propone la construcción de un otro político como alguien a ser eliminado. Esta construcción no es nueva, aunque su forma de presentarse en el discurso público contemporáneo sí represente cambios, en gran parte vehiculizados por la mediación de las redes sociales. El clima de violencia del discurso público se explica por razones locales y globales.

La radicalización de una nueva derecha internacional post crisis del 2008 encontró su caldo de cultivo en espacios públicos digitales que aquí en Argentina aún son liminales, como 4chan y Reddit. Esta derecha alimentó su resentimiento ante el estado de crisis bajo la base de memes y discursos políticos fascistas, enunciados en un principio con la mera intención de “ofender a los hipersensibilizados”, particularmente refiriéndose a las mujeres, miembros del colectivo LGBTIQ+, así como también minorías étnicas. Cuando estas comunidades digitales encontraron que había más personas “como ellos”, redirigieron sus discursos a las redes más “mainstream”, como Twitter y Facebook.

El caso de Fernando André Sabag Montiel, el autor del fallido atentado, encaja de manera bastante clara en este perfil, a raíz del descubrimiento de fotografías en sus redes en las que deja mostrar un tatuaje en su brazo del “Sol Negro”, símbolo del ocultismo nazi. Sin embargo, el contexto internacional se muestra insuficiente para explicar el por qué este atentado se produjo ahora.

En el plano local, la mal llamada “grieta” entre peronistas y antiperonistas es de una larga data que quizá no haga falta historizar, pero que encontró un proceso de renovación a partir de 2008 con el “Conflicto con el campo” entre el por entonces oficialismo kirchnerista y los productores agrarios. La figura de Cristina Fernández ha sido objeto de vejaciones simbólicas por parte de los medios de comunicación, representantes políticos de la oposición, así como también de manifestantes en el espacio público. Imágenes como la de la vicepresidenta colgada en una horca, una guillotina con el logo del Frente de Todos y bolsas de residuos con fotos de los rostros de funcionarios del oficialismo no son ajenas a nadie que le preste un mínimo de atención a la coyuntura política argentina. Estas imágenes no sólo no fueron repudiadas, sino que también en muchos casos alentadas y justificadas por medios y figuras políticas, que encontraron en las redes un espacio de resonancia y difusión. El pedido de pena de muerte de hace poco más de una semana para la vicepresidenta por parte del diputado nacional Francisco Sánchez, a propósito de la Causa Vialidad, es ilustrativo de esta anuencia.

Luego del atentado, varias de estas figuras repudiaron el hecho, solidarizándose con la vicepresidenta. Si bien esto es positivo, también resonaron ciertos silencios de los principales voceros de la derecha local, así como claras banalizaciones, como se pudo ver en el caso del diputado Martín Tetaz, quien negó, tanto en sus redes como en el piso de TN, que el atentado se tratara de un hecho de violencia política. Este tipo de discursos contribuyen a relativizar la gravedad del hecho y, en consecuencia, a reanudar el ciclo de odio.

A diferencia de lo que algunos colegas han expresado públicamente, un posicionamiento pretendidamente ecuánime sobre el lugar de los discursos del odio no resiste un análisis atento. Desde hace más de 70 años es el mismo partido el que sufre mayormente de los “casos aislados” como el del jueves. Corresponde a los responsables de los discursos de mayor visibilidad en el espacio público desmontar las demonizaciones de la otredad política que contribuyeron a construir. Detener el ciclo del odio es fundamental para retomar el consenso democrático. Todavía estamos a tiempo.

 

 

 

(*) Lic. en Sociología (UBA/FSOC), Laboratorio de Estudios sobre Democracia y Autoritarismos (LEDA).