“Visita”, la oportunidad de revivir

Estas noches de viernes en Cuatro Elementos, de la mano de la Compañía  de Teatro de la Universidad, son experiencias de frecuentación de la obra teatral de Ricardo Monti que uno -hasta cierto punto- puede prever. Uno sabe a qué fue, porque conociendo otras piezas de esta dramaturgia, sabe que transitará de su mano una experiencia artística compleja.

Me refiero a que Monti no se lo hará fácil. El dramaturgo prevé siempre un espectador laborioso capaz de hacer su parte de trabajo. Capaz de comprender que el arte crea realidad, y no es esclavo servil del mundo de la cotidianeidad tangible, si el objetivo no es la mera copia del paisaje humano. Monti y su gusto por la ensoñación, y más aún aquí por el mundo onírico y fantasmagórico que pone siempre al observador transitando un delicado borde. El de creer que la acción se desarrolla en un verdadero piso de edificio venido a menos, con una pareja más de las que integran la aburrida aristocracia, desvencijada por la modernidad. O si por el contrario, nos hallamos ante un no lugar, un sitio suspendido de la nada. Un lugar donde hasta la muerte puede fallar. Un espacio donde la vida no acontece. Pues están pasando las dos cosas.

Allí, una pareja de edad avanzada habita -como acostumbra- los rincones ritualizados y eternos. Ella es Perla, ahogada por el hastío, da órdenes y hace regir sus caprichos. Él es Lali, un hombre sumergido en sus vicios, un espíritu pegado a una corporeidad que está empezando a molestarlo, y que necesita volar para respirar. ¿Personajes que parecen diseñados para Silvia de Urquía y Antonio Mónaco? Por supuesto: son delicadas piezas de orfebrería, que correrían peligro en manos que no supieran resguardarlas.

El comienzo de la acción dramática está determinado por la llegada del visitante Equis, que viene a matar, si es que puede. Pedro Benítez es quien le da vida a este personaje de gran exigencia física, que resulta en este caso mesurado y oportuno: Equis debe evolucionar en un camino sinuoso que va desde constituir la molestia que llega de afuera a romper un equilibrio previo, hasta ser él mismo el individuo puesto en crisis por las decisiones que debe tomar. Desde la acción de irrumpir, hasta ser él mismo el territorio de la irrupción.

El cuarto personaje es Gaspar, un sirviente bufonesco, capaz de encargarse de traer oportunas notas de humor. Un adulto que pasa por niño, un incondicional que se ocupa de todo aquello que hay que hacer. Inclusive preparar un funeral. Alías juega este rol con una ductilidad estética atravesada por el histrionismo que lo vuelve único.

En este estado de cosas, la obra transcurre en el desarrollo de un texto bello, pero sumamente exigente para los actores. Porque Visita está atravesada de extremo a extremo por varias dicotomías, de las cuales elijo la que sostiene todas las demás: la finitud y la eternidad, es decir la muerte y la inmortalidad.

En medio de un escenario que se ha vuelto territorio minado por el conflicto dramático en estado puro, con una iluminación sutilmente oportuna que eriza la piel, el visitante dice que la única forma de vivir es poner en juego la existencia. Y toma su decisión. Sostener en eje todo este equilibrio de pesas es mérito de la dirección de Antonio Mónaco.

Qué suerte que fui. Qué suerte que no me perdí lo irrepetible. No me lo hubiera perdonado.

Adriana Derosa