“No hay mejor prevención que el despliegue de la palabra”

Amanecen la sorpresa y los gestos de disgusto. El escándalo. Se precipita lo Siniestro. Aquello que era familiar pero deviene en extraño y ajeno a nosotrxs. Como así también lo extraño se vuelve conocido. Algo de eso pasa en el abuso sexual. El prestigioso médico que ostenta cientos de títulos, publicaciones, congresos, trabajos y reconocimientos hoy aparece (erróneamente) catalogado de “monstruo” en algunos diarios.

El error está en alejarlo de nosotrxs otorgándole una categoría no humana.

Así nos seguimos quitando los horrores de encima. Los de los “seres humanos”.

Nos sacude la estrepitosa verdad de que esto es asunto de personas que hasta ayer eran conocidas, respetables, amigables, sinceras, simpáticas y un sinfín de adjetivos que servirían para hablar del prestigioso médico del prestigioso hospital de la Argentina a cargo de la salud de niños, niñas y adolescentes.

El abuso sexual, la producción de pornografía y el abuso de poder siempre son posibles cuando lxs victimarixs son niñxs y adolescentes.

En primer lugar porque en líneas generales perduran los prejuicios acerca de la capacidad de lxs niñxs de recordar y de decir la verdad.

En segundo lugar porque si el poder lo encarna un profesional o cualquier persona que cuente con el aval de las instituciones o de la comunidad, quien está en esa situación de poder tiene vía libre para abusar a su antojo sabiendo de antemano que no se dudará respecto a su conducta y sí se lo hará de la palabra de la víctima.

Ricardo Russo, jefe del Servicio de Inmunología y Reumatología del Hospital Garrahan acusado de tenencia, producción y distribución de pornografía infantil de niñxs y adolescentes de 6 a meses a 14 años sabía que estaba res-guardado por la creencia de una sociedad que condena rápidamente al acusado de abuso si es pobre, sin recursos simbólicos ni económicos.

El se sentía intocable. Como sucedía con el psicólogo Jorge Corsi “especialista en violencia”. El mismo que se defendía descaradamente diciendo que la pedofilia no era un delito. En ese perverso juego de palabras en una nota que dio para Perfil alegando que el gusto por lxs niñxs era una cosa y que el abuso era otra cosa. El tema es que él también abusaba. Y hoy anda paseando por las callecitas de Buenos Aires.

Por eso es importante abrir el debate sobre la prevención en un contexto social en el que desde los sectores más reaccionarios se insiste con que la ESI (Ley deEducación Sexual Integral) es una forma de corromper la inocencia e inocular ideas “raras” de parte de las “feminazis” y algunos otros sectores.

No hay mejor prevención que el despliegue de la palabra. El decir rompe secretos impuestos y sobrevuela la culpa siempre instalada por los abusadores. Por eso hay que hablar y enseñarles a lxs niñxs a hacerlo.

También la prevención es la posibilidad que la infancia tiene de acceder a un conocimiento sobre cuáles son los límites del cuerpo y de la privacidad. Entonces sirve.

Hemos visto a través de las redes y de las noticias a Russo haciendo música junto a su hijo, al doctor dando una conferencia. Comprobamos su frondoso currículum y antecedentes. Una madre se preguntaba cómo le iba a explicar a su hijo que el médico que le había salvado la vida es el integrante de una banda internacional de pedofilia.

Y tal vez ése sea uno de los temas en cuestión. Resistirse a saber que el canalla nunca muestra su rostro verdadero.

Que nos hace trampa y casi siempre gana. Que puede amar a los Beatles o escuchar música clásica como lo hacía Hitler. Que Astiz acariciaba la cabeza de sus hijxs. Sí. Todo eso y mucho más puede coexistir en un psiquismo escindido. O tal vez resulte oportuno recurrir al pensamiento de la filósofa Hannah Arendt cuando nos dice que la “normalidad es mucho más aterradora que todas las atrocidades reunidas”. Porque lo que tanto nos inquieta es evidentemente esa posibilidad de que la misma persona que salvó la vida de tantxs niñxs sea la misma que se convirtió en el eslabón de una red de uno de los más repudiables delitos que existen.

Siguiendo las definiciones de la autora tenemos que existe entonces la “imposibilidad de ponerse en el lugar de otro, en el punto de vista del otro, y así considerar las consecuencias de los propios actos” y en esto radica en parte la banalidad del mal.

Superada la sorpresa tendremos que esperar y observar de cerca que la justicia investigue, que actúe y que sancione.

Que no haya impunidad y que quienes fueron víctimas encuentren reparación ante semejante daño.

Se abren muchos interrogantes acerca de si existen protocolos para evitar que lxs pacientes menores de edad queden a solas con lxs profesionales, si los abusos fueron dentro del hospital, si existe alguna forma de evaluar y detectar a posibles abusadores. Cuestiones por cierto extremadamente complejas si nos atenemos a la idea de normalidad expresada en párrafos anteriores. O si tomamos como ejemplo la terapia psicológica en la que las sesiones se desarrollan generalmente sin la presencia de la madre o el padre.

O si tenemos en cuenta que una gran proporción de abusos sexuales ocurren en ámbitos familiares.

Nada de esto debería dejarnos sin respuestas y sin la posibilidad de pensar cuáles son los mecanismos que tenemos que poner en juego para trabajar sobre la prevención de la violencia sexual. Y tal vez nos sirva para que quienes desoyen a las víctimas aludiendo “falta de pruebas” o “fantasías” puedan reflexionar sobre la vulnerabilidad de lxs niñxs ante el poder de otro.

Que no les haga de obstáculo la escena del padre interpretando Yestarday Don’t Let Me Down. Sencillamente porque ése y el acusado de ser parte de una red de pornografía son la misma persona.

Patricia Gordon, Lic. en Psicología
Presidenta de la Ong En Red