“Manzi, la vida en orsai”

¿Cómo se vive en orsai? ¿Qué es lo que hace que alguien crea que vive en falta? En posición adelantada ¿Es eso de estar fuera de juego? ¿De no estar donde se debería? ¿De haber incumplido con el reglamento? ¿Estar en el sitio del error? ¿Ejecutar quizá unas acciones que no sirvieron, porque fueron realizadas desde una posición inadecuada?

La vida en orsai de la que habla la obra de Betty Gambartes, Diego Vila y Bernardo Carey cruza la existencia del hombre y lo enfrenta con la dimensión trágica de la vida. Quizá Manzi está en orsai cuando dedica sus días al amor inevitable de Nelly Omar, su Malena, aunque nunca se separe de la esposa, ni cumpla con sus promesas.

¿Será eso vivir en orsai? O es acaso haber llegado a la adultez como un radicheta consumado irigoyenista, para terminar haciéndole una milonga a Perón.  ¿Es eso vivir en orsai? ¿Estar en falta? ¿Estar fuera de lugar?

Estos hombres de la escena viven una existencia hecha de recuerdos, y conviven en ellos Manzi, Catulo Castillo y Aníbal Troilo, que en la permanente evocación reconstruyen el camino del artista del tango y la milonga que, a pesar de su corta vida, vino a construir una poética nacional inigualable. Capaz de desentrañar los misterios de la vida en un par de versos, este santiagueño que nació como Homero Manzione quizá vivió “mintiendo que no, jurando que sí”.

La obra es lo que se espera de ella: un musical de tango. Pero sorprende en el impacto emocional, ya que el espectador puede sentir la respiración de los cantantes, tomarles el pulso, verlos jugarse en las miradas de promesa, de reclamo, de pedido. Y puede seguirlos en un recorrido cronológico que alterna hechos y tangos, para sacar una cuenta cierta de lo que una vez pasó con esas almas que se niegan al olvido.

Darío Landi y Alcira Davin son los actores que encarnan a la pareja protagónica con la destreza vocal que tal cuestión requiere, porque pueden estar a la altura necesaria para interpretar las páginas centrales de la historia de la canción nacional. Aunque no le gustara el mote, Nelly Omar fue “la Gardel con pollera”, y hay que ver quién se atreve a cantar con su boca. Pero Alcira ha podido, en vivo, y cumpliendo con una de las condiciones que marcaba el estilo de la Omar: cantar como si no le costara nada.

Los personajes secundarios están a cargo de Carlos Vega y Juan Gabriel Luna, que los llevan adelante con eficiencia. Los músicos Gustavo Sosa, Guido Libralato y Juan Scenna reciben al público, y lo ponen al tanto del código artístico del que van a participar: señores, aquí se viene a escuchar tango.

La directora Graciela Spinelli logra lo que se propone: llevar al espectador de la mano por un parte importante de la historia del tango y asistir a su inscripción como fenómeno cultural predominante. Pero cuando esté allí, ese espectador será víctima de “esas ganas tremendas de llorar que a veces nos inundan sin razón”. Llorará, quizá, y buscará beber “el trago de licor que obliga a recordar”. Vibrará con cada compás, y sabrá entonces -por fin- lo que se siente cuando “el alma está en orsai, che bandoneón”.

 

Adriana Derosa