Todos tenemos una representación mental de Victoria Ocampo, vinculada con Mar del Plata. Seamos o no lectores, frecuentadores  o no de la literatura, Victoria es –en primer lugar- la dueña de la casa de calle Matheu, con su empapelado de aves tropicales y sus muebles de mimbre. La dama de los lentes blancos que recorría los jardines, verificaba el crecimientos de sus árboles, y recibía como una anfitriona universal capaz de hacer lugar al otro, de vincularse con fragmentos de una cultura que no es la suya, que sin embargo la fascina.

Ella, la primera en importar un disco de Los Beatles e invitar a los intelectuales a experimentar su música. Ella, la primera mujer que conduce sola porque ha tenido el tupé de gestionarse el registro. Ella, la inventora de los gratos momentos.

Si esa era Victoria, es seguramente esa la única forma de representarla, a través de una serie de momentos gratos que se hilvanen en un acto cultural. Esta vez es una mañana de febrero, y son los jardines húmedos de la noche anterior, los que reciben a un público curioso que espera escuchar hablar de Victoria Ocampo. El espectáculo es una representación múltiple de las varias facetas de la vida de la escritora, haciendo hincapié en los pequeños instantes que inspiran los sentidos. Allí somos llamados a evocar, a oír el sonido del agua, y a saborear sus delicados gustos preferidos, y participamos de todo. Allí asistimos a una pequeña ceremonia narrativa y vocal que recorre los instantes de una mínima parte de la historia de esa mujer, que fue una experta en recibir, en la destreza que se espera de una afitriona: una forma de la esencia de lo femenino, de la que no quiso escapar.

La idea es de María Carreras, quien decidió dar vida a los jardines de Villa Victoria los sábados a la mañana y los lunes a la tarde. Enhebró los poemas con las canciones, los aromas con las texturas, y trajo un mosaico de la vida de Victoria. Se destaca el aporte musical de Silvina Ventura, con la participación de Leticia Pérez Niseggi, Alejandra Martínez y Lorena López Cruz. Juntas pueden dibujar los hechos que llevaron a la dama a recibir al aclamado escritor bengalí Rabindranath Tagore, cuando todos los hombres que la rodeaban se oponían. Qué decía su carta natal. Qué zapatos vestían sus pies.

“Actos de amor”, es un acto de amor. Como un picnic que se ofrece a los invitados para que se sientan a gusto. Como un pequeño instante en que la vida se detiene, como el vuelo de las aves tropicales del empapelado de otro siglo, y permite oler la tierra mojada para decir que aquí vivió y lloró una mujer que había sido llamada a no conformarse con nada.

 

Adriana Derosa